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Una vez acoplados, eché de menos el resguardo del vuelo, que aunque no nos lo iban a pedir más tarde, a una mala viene bien tenerlo en el poder. Tras mi psicosis interna inicial y después de buscar por debajo del asiento, finalmente apareció el papelito.
Después observamos cuál seria el menú cinematográfico, con películas como “Australia” y “Mamma Mia”, así como una comedia sensiblona de Owen Wilson y Jennifer Aniston, con un perro como protagonista, llamada “Marley y yo”.
Ni que decir que no hicimos mucho caso al apartado cinematográfico, sobretodo al no ceder a comprar los auriculares de turno, cosa que si que hizo mi compañero de la izquierda. En cuanto a la comida, no recuerdo si tuvimos dos o tres, pero si recuerdo una especie de macarrones que entraron muy bien, y un café listo para ser inyectado en vena para aguantar lo que nos esperaba, que no era moco de pavo.
Entre medias dormidas, comidas y películas amenizamos el viaje de la mejor manera posible. Ramón, en cuanto podía se paseaba por el avión para estirar las piernas, Javi y yo comentábamos las revistas guarrillas adquiridas en el aeropuerto y en la estación de autobuses, un clásico de nuestros viajes juntos. Dichas revistas en ocasiones fueron prestadas a nuestras “vecinas” de avión, que sentían curiosidad por nuestras estrafalarias conversaciones.

Por otro lado, Juanmi y yo tuvimos una muy larga charla, durante casi tres horas de viaje, en la que me comentaba sus peripecias amorosas, y los dos despellejábamos vivas a algunas mujeres. Si es que, aunque parezca mentira, no siempre somos los malos de la película. Dicha charla se veía en ocasiones interrumpida por los coqueteos de dicho crack con unas chavalas de enfermería que venían también al mismo hotel, pero a las que no vimos el pelo en los días siguientes.
También las amables azafatas nos “obsequiaron” con documentación para rellenar y entregar en la aduana. Esto fue lo peor del vuelo, ya que las ganas de papeleo de tipo burocrático eran mínimas, pero había que hacerlo.

Con todo esto, puedo decir que el vuelo se hizo pesado, con cansancio acumulado de por medio, pero finalmente aterrizamos en Cancún entre aplausos. Cuando bajé del avión y encendí el móvil, vi un aviso de que la zona horaria era diferente y que la cambiara, concretamente allí eran 7 horas menos. En España eran horas intempestivas, sin duda. Al pasar por la aduana y enseñar el pasaporte, vimos que la documentación que tan cuidadosamente habíamos rellenado en el avión, se la guardaba el aduanero en el cajón de “cosas que haré luego”.

Nos quedaba una misión importantísima, que era recoger la maleta. En la cinta transportadora, Javi y yo, que habíamos precintado el macuto con un folio dentro, en el que especificaba mi nombre y mi DNI, no tuvimos problemas en recoger la maleta pronto. El siguiente fue Juanmi, pero en cuanto a la de Ramón, veíamos maletas pasar y ninguna era la suya. Tras la tensión del momento, finalmente apareció. Pero la desesperación estaba por llegar, ya que en el Aeropuerto de Cancún, al pasar las maletas por el scanner, una luz supuestamente aleatoria te indica si se abre la maleta o no. Si daba luz verde pasabas, si salía roja, al que le tocara tenía que abrirla. El colmo de la mala suerte se cebó esta vez con Ramón, que tuvo que abrir su maleta, con el consiguiente cabreo.

Una vez subsanado este lance, nos disponíamos cambiar los dólares que traíamos de casa por pesos, al menos una cantidad reseñable. Lo mejor de todo fue que Juanmi, se empecinó en llamar a su casa sin saber ni cómo ni donde, porque las tarjetas telefónicas que vendían, no sabíamos como utilizarlas allí. De hecho ni los propios mexicanos que pululaban por allí sabían de su uso, cosa que nos habían avisado para que cuando llegásemos al hotel, nos informásemos con más calma (aparte de que en España era madrugada y la familia se podía llevar un susto). Total, que salimos los últimos de ese recinto.
Nos dimos cuenta de que estábamos en Mexico en cuanto cruzamos las puertas del Aeropuerto, ya que una onda expansiva de calor y humedad nos aplastó de golpe. En Valencia, por esas fechas, hacia todavía algo de fresquillo, pero la diferencia era terrible.
A continuación nos subimos al autocar que nos conduciría al hotel, Sandos Caracol. Dicho trayecto, de unos 45 minutos, fue amenizado por un simpático monitor apodado “Tomatito”, que nos hablaba del calor y humedad del lugar, sobre los mosquitos que nos acecharían, y sobretodo de lo poco que íbamos a dormir. Lo que más me divirtió fue la entrega de pulsera en el mismo autocar, y cuando nos dieron el sobre con las llaves-tarjeta de la habitación.

La habitación la “habitábamos oficialmente”, Ramón. Javi y yo. Juanmi, al haber contratado el viaje más tarde no constaba como compañero nuestro, sino que estaba en una habitación con una pareja que no conocía de nada. El caso es que se hizo un acuerdo destrangis entre el propio Juanmi, los organizadores del viaje y la pareja de la habitación, para que éste durmiese con nosotros, y no tener que pagar más por una cama u habitación supletoria. Cuando nuestro crack del equipo, comento a la monitora del hotel esta situación (al ver que no tenía llave) nos caímos de culo, ya que esta le decía que tenia que hablar con los del hotel para que arreglasen el desaguisado (pagando una cantidad adicional, que evidentemente no íbamos a pagar nosotros tres).

Finalmente gracias a la mediación de uno de los organizadores la cosa no pasó a mayores. Cuando bajamos del autocar a las puertas del hotel, di por comenzada oficialmente nuestra aventura rivereña.
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