miércoles, 18 de noviembre de 2009

Riviera Maya 2009 VI

Después de la Fiesta Blanca, y de que Juanmi nos demostrara sus habilidades como torero, quitándose la camiseta al compás de la canción de Chayanne, y dando diversos pases, llegamos totalmente reventados a la habitación. Al día siguiente, nos levantamos Javi y yo antes, para ver si el desayuno en el restaurante “español” era diferente. Apenas había cambios con respecto al mexicano del día anterior, quizás unas variedades de zumo más, uno de los cuales estaba extremadamente amargo.

La mañana y la tarde transcurrieron entre la piscina y la playa, con sesión de fotos a cargo de Ramón y servidor. En la piscina entablamos las primeras conversaciones con gente ajena al viaje, en este caso, con estudiantes del CEU, sobretodo con Kielo, un clón de Lenny Kravitz que Javi conocía de vista, Ali, Carol y Clara. A dicha gente, que vino un día después que nosotros, les dimos los consejos pertinentes, como si fuésemos unos auténticos guías turísticos de la zona. Javi y Juanmi también nos comentaban que habían conocido a unas británicas, pero que al final todo quedó en una deprimente lección de ingles delante de unas scotish girls. Aunque no estaba presente cuando pasó eso, me imaginé la situación, y es que el inglés hoy en día es imprescindible hasta para el trasteo.

Al caer la noche también entablamos amistad con nuestras simpáticas vecinas, Lorena, Gema y Mara, las cuales nos dijeron de ir a cenar, cosa que aceptamos para no ir solos por el hotel como si de dos parejas de gays se tratase. Fuimos de nuevo al “español”, y allí me reí bastante con Javi y su conversación con una de las camareras que servía los plátanos flameados, comentándole a ésta que eso iba a “sentarle de veneno” a lo que ella respondió que se trataba de un hechizo para enamorar al de Torrente. Más tarde, las vecinas sacaron la baraja y se decidió por jugar al Chinchón, juego del cuál el propio Juanmi se enorgullecía de ser el Rey. Dicho título de Rey del Chinchón quedó en evidencia. Nos retiramos pronto a nuestros aposentos ya que el día siguiente era el de la primera excursión: Chichen Itza.

A las 6 de la mañana, en pie para coger el autocar que nos llevaría a la Península del Yucatán, donde se encuentran estas ruinas Mayas. Hay que decir, que desde el hotel nos decían que contratar las excusiones fuera, era peligroso, porque iríamos en autocares incómodos, sin aire acondicionado, en fin, un cuchitril…sin embargo el autocar estaba al mejor nivel. El viaje a las pirámides iba a ser largo, de unas 3 horas, con lo que tuvimos que hacer una parada en una especie de tienda de souvenirs en medio de la nada, donde absolutamente todo se tenía que regatear. Teníamos media hora para comprar, mear (unos servicios tercermundistas) y estirar las piernas. Sin embargo Juanmi no se decidía en cuanto a sus compras.

Su devaneo de sesos se prolongó hasta tal punto, que nos subimos todos al autocar para proseguir nuestro camino a las famosas ruinas, y el único que faltaba por subirse era el, además con una tardanza más que reseñable, poniendo nerviosos a los compañeros, al monitor y sobretodo a nosotros (que ya habíamos tomado asiento ignorando al crack y que parecíamos sus tutores legales). Finalmente el guía bajó del autocar buscando al propio Juanmi, que subió entre nuestros gritos y una ovación sarcástica por parte de los compañeros.

Finalmente llegamos a Chichen Itza, en cuya entrada nos avasallaban unos niños para que comprásemos pañuelos, intentando timarnos eso si. Al entrar, notamos el calor terrible que caía sobre nuestras cabezas. Incluso Ramón tuvo que ponerse la camiseta al más puro estilo Lawrence de Arabia. Las pirámides y los restos arqueológicos, majestuosos. No era para menos tratándose de una de las Nuevas Maravillas del Mundo. El guía nos comentaba que los aros que podíamos encontrar en diversos sitios formaban parte de un juego de pelota, en el que el ganador, tenía que ofrecer al Diós su vida como tributo, muy curioso. También nos explicaron, ahora que está tan de moda, que la posición de la pirámide de Kukulcán, la más famosa, con respecto al Sol, servía para poder prevenir el tiempo y las estaciones, y que algunos chamanes lo utilizaban para predecir acontecimientos venideros. De ahí que se considere el calendario Maya uno de los más perfectos, sin la presencia de ninguna tecnología sabida.

Por otro lado, hicimos una especie de experimento, en el que teníamos que aplaudir todos al unísono de cara a la pirámide, y al hacerlo surgía un eco un tanto particular, supongo que se debería a la acústica del sitio, y no despertamos a una enfurecida deidad que nos intentaría contagiar con la venidera Gripe A…Una vez, acabaron las explicaciones fuimos todos por libre, intentando aguantar un calor inimaginable. Cuando ya nos disponíamos a partir de dicho lugar, el bueno de Juanmi de nuevo hizo de las suyas, no contento con el show de antes. Y es que se encontró con un vendedor de humo, que le intentó encasquetar unos totems de madera, seguramente robados, a “precio de saldo”. Ni que decir que no nos esperamos a que negociara con dicho timante, dejándolo atrás y subiendo al autocar.

Una vez finalizada la visita a Chichen, fuimos a comer a un buffet en el que sólo teníamos que pagar la bebida, todo un detallazo, aunque ya iba con el precio de la excursión. Con la comida en el buche, fuimos a ver un precioso cenote, es decir, un lago subterráneo. La verdad es que antes de bajar no había muchas ganas ya que estábamos muy cansados y además no llevábamos bañador, sin embargo al bajar y ver esa maravilla, nos tiramos de cabeza al lago con calzoncillos incorporados (al menos yo). La temperatura era de de ensueño y el paraje también, totalmente impresionante, como si de una pantalla de Tomb Raider se tratase.

El siguiente destino era la ciudad de Valladolid, con una iglesia bastante interesante a la vista, pero hubo dos cosas que nos impactaron más. Por un lado, la manera de intentar que el turista compre, ofreciendo chupitos de tequila para ponernos a tono, cosa que consiguieron (incluso con una botella de tequila con un gusano de fermentación dentro), y por otro lado el niño que cantaba rancheras junto a un grupo de mariachis en nuestro autocar cuando nos subíamos para volver al hotel. Un largo viaje de vuelta nos esperaba.

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